El Dory Perdido

Joe Curren / 12 min de lectura / Diseño

Joe Curren comparte recuerdos de infancia junto su padre, el legendario hombre de mar Pat Curren, y el icónico bote que viajó con ellos a Baja.

Cuando pienso en mi papá, pienso en las penurias que pasamos en Baja viajando por la península en un viejo y desvencijado VW Escarabajo. Durante tres años seguidos, entre los 13 y los 15 años, mi papá me recogía en Santa Bárbara y viajábamos los 1600 kilómetros al sur hasta Cabo por la Autopista 1. Pasábamos seis semanas en verano y dos semanas en invierno. La mayoría de las veces me quedaba en la casa de mi papá en Cabo Este, pero también acampábamos, surfeábamos, pescábamos y buceábamos a lo largo del camino, siempre con su bote dory de espuma y fibra de vidrio hecho a mano.

Esos viajes son algunos de los mejores recuerdos que tengo de mi padre mientras crecía. Sí, fue duro, pero un poco de rigor fue bueno para mí. Viajar por Baja es como un ritual de iniciación para un surfista del sur de California y ensuciarse es parte de la experiencia, especialmente una vez que te aventuras al sur de Ensenada. Shipwrecks, Scorpion Bay, Seven Sisters; como buen grom, fueron las olas las que llamaron mi atención. Muchas horas, por supuesto, las pasé surfeando. Pero mi papá realmente se aseguró de que experimentara todo lo que la tierra y el agua en Baja tenían para ofrecer.

Con nuestras tablas amarradas bajo del bote y nuestro equipo de campamento acomodado en el medio, el trabajo de empacar era toda una odisea. El interior también siempre iba repleto. Mi papá descubrió una manera de personalizar un asiento de pasajero de madera para que se convirtiera en una cama e, incluso con todas nuestras cosas, podía estirarse y dormir.

Mi padre siempre ha sido bueno con las manos, famoso por sus hermosos gun de madera de balsa y secuoya esculpidos específicamente para surfear Waimea Bay en los años 50. Además de fabricar las tablas, ha trabajado como topógrafo, dibujante, buzo comercial, carpintero especialista en terminaciones y ha fabricado varios botes, incluido el dory de 13 pies permanentemente atado a nuestra parrilla.

Mis padres se separaron cuando yo tenía siete años. Mi papá se mudó a Pavones, Costa Rica, y luego a Cabo cuando yo tenía 11. Entre Costa Rica y Cabo, pasó aproximadamente un año en Carpintería, California, construyendo gabinetes y puertas para Frank Louda y Tom Jackson de Chismahoo Construction. Durante ese tiempo también trabajó en el catamarán de la Copa América, Stars and Stripes. Eso, junto con el deseo de regresar al sur, lo llevó (junto a su viejo amigo Alan Nelson) a construir esquifes ligeros para Baja. (Casualmente, mi papá hizo dos botes de espuma en ese entonces, uno de ellos encargado por el amigo de Jackson y fundador/propietario de Patagonia, Yvon Chouinard).

Mi papá trabajando en los dory, Carpinteria, California (nótese los aporreados Stand Up Shorts). El segundo bote fue encargado por Yvon Chouinard. Foto: Eda Rocky

Magdalena Bay, pescando para la cena. Foto: Joe Curren

El objetivo del bote era pescar. Hacíamos trolling con él, mi papá siempre remando y haciendo que el bote se deslizara suavemente. No siempre fue fácil: capturamos muchos peces, pero también perdimos muchos. Recuerdo que una noche, justo cuando atrapamos un pez antes del anochecer frente a nuestro campamento, me dijo: “Bien, podemos comer esta noche”.

Cuando buceábamos, por otro lado, siempre salíamos con algo. En Cabo buceábamos todos los días. Solo teníamos un arpón hawaiano, por lo que darle a un jurel era una ocasión especial. Principalmente sacábamos sierra, mero y ostras; abrimos un montón de ostras. Mi papá incluso encontró una gran perla con forma de lágrima en una de ellas.

Pude tener una idea del estilo de vida que mi padre experimentó al crecer en el sur de California en los años 40 y de su tiempo viviendo de la tierra y acampando en la playa de North Shore. Él y los chicos de su época no eran solo atléticos surfistas; eran versátiles hombres de agua. Tenían mucha confianza para correr olas grandes por todo el tiempo que pasaban buceando. Hacer del océano tu estilo de vida (buceando, pescando y paseando en bote) te da más comodidad en el mar y más herramientas para correr olas.

Tuvimos mucho tiempo libre en esos viajes y siempre disfruté escuchando a mi papá contar sus historias de los viejos tiempos. Trató de enseñarme cosas prácticas como atar un as de guía, algo que me mostró muchas veces para luego reírse de mí por siempre olvidar un nudo tan simple. Observé su ritual matutino de moler café a mano y usar un calcetín viejo como filtro. En los días en que no se hablaba mucho, leíamos montañas de libros. Cuando mi papá empezaba a leer, no me quedaba más que enterrar la nariz en cualquier otra cosa disponible; a veces era una novela como De ratones y hombres, otras veces Don Quijote, completo. Pero esa fue otra lección para toda la vida que aprendí de estos viajes: aprendí a apreciar una buena lectura.

También tuvimos muchas desventuras. Acampar al aire libre en el norte de Baja California a temperaturas bajo cero y con un saco de dormir de mala calidad. Un caso grave de insolación en Scorpion Bay. Conducir con los pelos de punta por los autobuses que se atravesaban en esquinas con poca visibilidad, el capó de nuestro auto abriéndose de repente por un camión que nos adelantaba a toda velocidad y un par de encuentros cercanos con la muerte en empinados caminos de montaña.

Acampando a orillas del mar de Cortés, cerca de Bahía Concepción. Foto: Joe Curren

Un juego con herraduras cerca de Seven Sisters. Foto: Curren Archive

Las obras de mi padre, Costa del Pacífico. Foto: Joe Curren

Burros free-range, Cabo Este. Foto: Joe Curren

Surfeando en Shipwrecks cuando tenía 13 años. Foto: Archivo de los Curren

A parte del asiento personalizado para el pasajero, el Escarabajo estaba tal como venía—no era un Escarabajo de Baja modificado ni nada de eso. Y fue puesto a prueba en los caminos más malos y movidos que Baja pudiera ponerle al frente. En un momento del viaje, el auto hizo un ruido estrepitoso y no anduvo mas. Mi papá no sabía mucho de autos, pero pudo reconstruir un viejo motor VW fácilmente gracias al indispensable: Cómo Mantener tu VW con Vida: Manual de Procedimientos Paso a Paso para un Completo Idiota. Resulta que fue la unión en la caja de transmisión la que se rompió. Descubrió que esto solo sucedía al poner la primera. Si partíamos en segunda no había problema. Esto funcionaría siempre que no tuviéramos que arrancar en una pendiente. Pero muchas veces se olvidó y partió en primera. Esto significaba sacar todo el equipo, los asientos y los pisos para ponerlos a un lado de la carretera mientras mi papá ataba la unión con alambre. Al salir de un campamento en el mar de Cortés, tuvimos que ser remolcados por un empinado camino de tierra en la montaña ya que la segunda no era lo suficientemente potente. Por alguna razón que no recuerdo yo estaba al volante del Escarabajo observando con atención el escarpado acantilado. A los 13 años, era la primera vez que tomaba el volante y estaba aterrorizado.

Otro encuentro cercano con la muerte fue cuando tenía 15 años y con mi papá pasamos tres semanas en Scorpion Bay. Navegaba dos o tres veces al día, casi todos los días. Nuestros campings siempre fueron básicos. Teníamos un dosel de sombra pequeño, pero nunca una carpa. Yo siempre dormía al aire libre, en mi catre de campaña dado de baja del ejército. Nos asoleamos mucho y no me hidraté lo suficiente. Terminé con un caso grave de insolación y deshidratación, acostado en mi catre bajo el sol abrasador. Dos familias de Carpintería que conocí surfeando en Rincón estaban acampando junto a nosotros. Recuerdo que su campamento parecía tan lujoso, con bocadillos traídos de casa y pasto sintético para disminuir el polvo. Cuando me enfermé, una de las esposas me dio un poco de yogurt y lo recuerdo como una de las mejores cosas que había comido.

Mi fiebre no cesaba, así que mi padre pensó que era mejor que fuera al médico. Salimos por la carretera al oeste hacia Loreto, la ciudad grande más cercana. En una bifurcación del camino, tomamos una mala decisión y terminamos en un camino que atravesaba las montañas hecho completamente de grandes bloques de rocas. Parecía que no había sido usado en décadas, si es que alguna vez lo había sido. Avanzamos, aunque lentamente. Una vez que llegamos al paso la experiencia se convirtió en una batalla. Esta vez estábamos en una edición más moderna del Escarabajo, con neumáticos más grandes, pero no pudimos obtener suficiente potencia para pasar al otro lado. Cada vez que no llegábamos a la cima, nos deslizábamos un poco más hacia atrás. Mi papá le ponía tensión al freno de mano mientras nos deslizábamos, pero parecía que nos acercábamos más y más al borde. Realmente temía por mi vida. Estábamos muy lejos de cualquier posibilidad de ayuda, hacía un calor infernal y yo perdía la conciencia intermitentemente. Después del cuarto o quinto intento, finalmente pasamos la cima y ambos dimos un gran suspiro. Desde allí fue cuesta abajo hasta Loreto. Una vez en el hotel, me tragué un galón de agua fría, me di una ducha y pasé la noche en la habitación del hotel con aire acondicionado, lo que me hizo bien.

Chequeando el surf en la mañana, Costa del Pacífico. Foto: Pat Curren

Autoretrato con mi padre preparando el campamento junto al escarabajo mejorado. Foto: Joe Curren

Campamento de primera clase con mi catre dado de baja del ejército. Photo: Joe Curren

A los 14 con mi papá (derecha), su viejo amigo John Elwell y el dory. Costa del Pacífico. Foto: John Elwell

Manejé a Cabo una vez más con un amigo a los 16 años. A los 17 comencé a volar solo para visitar a mi papá. Después de eso, la vida se volvió más ajetreada y mis visitas se hicieron más breves y esporádicas. Mi padre, que hasta los años 90 solo había usado longboards de una sola quilla en olas pequeñas, ahora corría una thruster contemporánea qué el había fabricado con la forma de un semi-gun. Dijo que le hubiera gustado haber comenzado a correr thrusters más temprano, ya que antes de probarlos, nunca prefirió el surf más que bucear o pescar. Pero ahora solo quería surfear. Estábamos en la misma página y durante esos años el dory no se usó mucho.

Hace unos 10 años, cuando mi padre se mudó de regreso a los Estados Unidos, dejó el bote en la casa de un amigo. Por esa época, con mi esposa Teasha (que también había pasado gran parte de su juventud en el sur de Baja) comenzamos a ir allá una vez al año para quedarnos con sus padres, que vivían en Baja por temporadas. A fines de 2012, recibí un correo electrónico del evaluador de productos de Patagonia, Walker Ferguson, que había conocido a alguien que surfeaba en Cabo y que a su vez conocía a alguien que vivía en el antiguo vecindario de mi padre, se había apoderado del dory y planeaba arreglarlo. Fue una sorpresa. Medio me había olvidado de él y lo había descartado. La última vez que recordaba haber visto el dory fue en la playa frente a la casa de mi papá. Su hogar era simple, una básica vivienda al aire libre, por lo que no había garaje ni ningún otro lugar para mantener el dory resguardado. Pero incluso si se hubiese mantenido dentro, el bote había tenido mucho uso desde ese primer viaje a mediados de los 80 y el mantenimiento de cualquier cosa en ese entorno es un desafío.

En ese entonces yo vivía en Crescent City, una pequeña ciudad en la costa norte de California cerca de la ciudad natal de mi esposa. Inspirado por mi padre, había estado pensando durante años en probar suerte en la carpintería, pero siempre encontraba una excusa para no hacerlo: no había suficiente tiempo, espacio, herramientas, etc. Pero el cambio de Santa Bárbara a Crescent City me permitió tener más espacio para trabajar y finalmente comencé un negocio haciendo marcos de madera y también comencé a construir algunas tablas.

Además del evidente valor sentimental de oír hablar del dory, pensé que si este tipo creía que se podía salvar, me gustaría arreglarlo yo mismo y usarlo en las lagunas y estuarios cercanos a casa. Tal vez incluso llevarlo a pescar en el océano en un día tranquilo. Además, parecía un proyecto divertido.

Con un poco de esfuerzo, encontré la información de contacto de la persona. Me respondió de inmediato diciendo que aún no había empezado a trabajar en él y que si yo lo quería, era mío. En enero de 2013, en mi siguiente viaje al sur, recogí el dory en la camioneta de mi suegro y lo puse en el remolque para botes de un amigo que se dirigía al norte. Lo recogí en su casa en Santa Cruz esa primavera.

Recién pude darle un buen vistazo al dory una vez que lo llevé a mi taller. Noté cosas sobre él que nunca había visto antes; detalles que podía apreciar ahora que había comenzado a trabajar y modelar madera. El contorno limpio y elegante me recordó a una de las guns de mi padre y la perfecta unión de mariposa donde los rieles se unían en la proa era hermosa. En cuanto a los daños, había algunas burbujas grandes en la fibra de vidrio y muchas abolladuras pequeñas. Los rieles de madera estaban podridos y debían ser reemplazados. Pero, en general, el bote estaba en muy buenas condiciones considerando que había estado expuesto al aire salado durante tanto tiempo, bajo el sol más abrasador de cualquier lugar en el que haya estado. Yo pensaba que estaría completamente delaminado.

Le conté a mi papá que tenía el dory, cómo me había hecho de él, que planeaba arreglarlo y que quería restaurarlo a su estado original. Él dijo: “Bien, me alegro. Especialmente si planeas usarlo”. Le hice algunas preguntas sobre su historia. Me contó que había sacado los planos del libro “The Dory Book” de John Gardner, donde me enteré de que era un dory Chamberlain de 13′ 6 “. Estaba hecho con espuma de poliuretano de media pulgada de espesor y dos capas de tela de 170 gramos por lado, rieles de madera de abeto de Douglas de grano vertical y chumaceras de bronce.

Recogiendo el dory, enero de 2013. Comienza el viaje al norte. Foto: Joe Curren

Trabajo en proceso en mi taller de carpintería, Crescent City, California, verano de 2013. Foto: Joe Curren

Agregando abeto de Douglas para reforzar el travezaño. Foto: Joe Curren

Aplicando la última capa de pintura. Foto: Kanoa Zimmerman

Trabajé en el dory intermitentemente durante el verano y el otoño. La mayor parte del trabajo consistía en reparaciones. Pasé bastantes horas laminando y lijando. Más agradable fue reemplazar los rieles de madera. Un amigo de San Francisco que estaba trabajando en demoler una pista de patinaje sobre hielo rescató para mí unas tablas de abeto Douglas maduro de 5 metros y 1″ x 6″. Hice una adaptación. La espuma era débil en el espejo de popa, por lo que hice un sándwich con el abeto de Doug para darle más resistencia. Una vez que se hicieron todas las reparaciones, apliqué un poco de pintura de grado marino y el dory parecía casi nuevo.

Durante una despejada tarde de octubre, saqué el dory a su primera remada por Stone Lagoon, en Northern Humboldt. Lo primero que noté fue que mis remos de 2 metros eran demasiado cortos. Además, remar contra el viento era complicado. El bote todavía era bastante liviano (antes de la reparación podía meterme debajo y llevarlo sobre mis hombros como una tortuga) y me estaba volando. Agregar más lastre u otro pasajero ayudaría (siempre éramos dos usándolo en Baja). Pero la verdadera pregunta era ¿cómo se sintió el bote una vez que me subí a un avión? Una vez que agarré el ritmo, remando a favor del viento, podía sentir el mismo deslizamiento que recordaba de esos años en Baja. A pesar de todo el esfuerzo, volver a poner el bote en el agua se sintió realmente bien.

Botando al dory para su primera remada tras la renovación, Stone Lagoon, Northern Humboldt. Foto: Kanoa Zimmerman

Mirando hacia atrás, a esos primeros viajes a Baja, creo que no aprecié lo suficiente el dory. Pescar y bucear era divertido, pero lo único en lo que pensaba era en el surf. Siento como que mi papá hizo el dory no solo como una forma de pescar la cena, sino también como una forma para que ambos pudiéramos salir un poco más afuera. Le encantaba la sensación del deslizamiento que buscamos los surfistas y esa es una sensación verdaderamente gratificante cuando vas en una de tus propias embarcaciones. Eso, junto con algunas de sus otras prioridades como pasar tiempo al aire libre lejos de las multitudes y una filosofía de hacerlo todo por ti mismo, han tenido una gran influencia en mí.

Los viajes con este pequeño dory realmente me enseñaron mucho. Bajar un poco la velocidad, apreciar las cosas simples y asimilar todo lo que un lugar especial como Baja tiene para ofrecer. Esas son lecciones que he llevado conmigo a lo largo de mis propios viajes y en mi vida cotidiana.

Perfil de autor

Joe Curren

Criado surfeando las clásicas olas de Rincón y El Rancho, Joe se ganó la reputación de un viajero y fotógrafo empedernido que captura las facetas más profundas, y a menudo pasadas por alto, del viaje del surf. Joe vive en Crescent City, donde dirige una granja artística y fabrica tablas de surf a mano.

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