Tendencias que matan
Diya Thennarasu / / Culture
En su ensayo ganador del concurso Write the World, esta joven autora se refiere a cómo algo tan personal como la moda puede hacernos conscientes del estado de nuestro planeta.
Cada vez que mi madre me llevaba al mall, jugábamos a buscar todas las prendas que tuvieran la etiqueta “Hecho en la India”.
Como una niña cuya vida estaba definida por su enorme colección de faldas y la maratones del programa televisivo Vestido de novia, a temprana edad ya había determinado que no existía mayor emoción que la que sentía al escudriñar en una tienda imaginando mi próximo atuendo. Al mismo tiempo, sabía que esas escapadas solo podrían satisfacer una parte de mi clóset. Las poleras estampadas con brillos y las calzas deportivas solo ocupaban uno de los cajones de mi cómoda, pues las kurtas y dupattas bordadas llenaban el resto. Eran dos mundos que rara vez se cruzaban; cada uno estaba reservado para su propio momento y lugar. Las etiquetas representaban el punto de encuentro de ambos o, mejor dicho, eran algo así como pequeños símbolos de aprecio que daban fe de mi existencia como india y estadounidense en los Estados Unidos de América.
La moda sigue siendo esencial para comprender mi identidad. Sin embargo, también lo es para entender el estado del planeta.
En 2016, me senté junto a mi familia y sintonizamos nuestro canal de noticias tamil favorito. De inmediato comenzó aquel reportaje, su nombre era: “Cóctel de contaminación”. El río Noyyal, que nace en Coimbatore y termina en Tirupur, parecía una obra de arte abstracto, como si Jackson Pollock hubiese sido su artífice. Lenguas de color fucsia neón contrastaban con tonos café turbios, y amarillos enfermizos se fundían con índigos suaves. Ni siquiera la vegetación lodosa que se aferraba a sus orillas se salvaba; todo lo contrario, era un grotesco mosaico de arbustos manchados y moribundos, repletos de hojas endurecidas por tintes secos. La escena era el trágico testimonio de la política implementada por el gobierno de Tamil Nadu, que había fracasado en la lucha contra la contaminación. El resultado fueron aguas subterráneas contaminadas y extensos kilómetros de suelo infértil, que ya no podían dar sustento a los diversos cultivos de la región. ¿De dónde provenía todo esto? De las industrias textiles de Tirupur y sus alrededores, que vierten sustancias químicas tóxicas al agua.
Se supone que los tonos azules, púrpuras y rojizos que teñían el río debían ser naturales. Se esperaba que se extendieran por el cielo y salpicaran la superficie del mar, no que envenenaran nuestros cauces. Esta era la consecuencia directa de los tintes sintéticos fabricados a partir de combustibles fósiles, que constituyen la base de un catálogo infinito de acabados textiles, pegamentos, plásticos, fibras y cueros sintéticos, tintas y mucho más. La química basada en este tipo de compuestos no solo se utiliza en la industria de la moda, sino que le debe parte de su existencia a ella. Los combustibles fósiles están de moda. De hecho, son la moda. Hasta ese momento, no había comprendido que su historia había estado oculta, como un vergonzoso secreto familiar.
Toda esa situación era mucho más que un simple desastre ambiental de carácter local; era el reflejo de la codicia más grande. Ahora entendía que la India era un importante centro de producción textil, donde se producían millones de prendas para el mercado global. A medida que las tendencias de la moda cambiaban a una velocidad vertiginosa, la demanda de estilos súper específicos y efímeros se intensificaba, lo que resultaba en ropa de mala calidad, diseñada para utilizarse por un periodo corto, hasta la llegada del siguiente ciclo de tendencias. La persona que reportaba en el noticiero explicó que las implacables medidas de reducción de costos para satisfacer la altísima demanda generaban contaminación desenfrenada y una explotación laboral generalizada. Luego, la cámara mostró un taller clandestino, donde cientos de trabajadores se encontraban hacinados en una habitación, cosiendo tejidos y pinchándose los dedos con máquinas de coser oxidadas. En ese momento deduje con rapidez que aquellas etiquetas “Hecho en la India” que antes atesoraba como trofeos no eran más que un símbolo de sangre derramada: tanto la de mi propia gente como la del mundo en el que vivimos.
En los últimos años, la llegada de la primavera se ha caracterizado por el uso de tonos pastel y estampados florales en la ropa de las personas. Por otro lado, el verano inspira diseños de conchas marinas y siluetas holgadas, mientras que el otoño y el invierno se viven con pieles sintéticas y cuero. Temporada tras temporada reflejamos el mundo natural, sus colores, texturas y cualidades cambiantes, en la ropa que usamos. Sin embargo, no hemos logrado plasmar sus bosques carbonizados, tampoco sus casquetes polares derretidos, sus océanos maltratados ni su fauna en declive. Buscamos imitar los mismos ecosistemas que hemos ayudado a destruir, aferrándonos a su imagen mientras su realidad desaparece.
Entonces, vale la pena preguntarnos lo siguiente: cuando caiga el último árbol y el último capullo de gusano de seda se desintegre en el polvo, ¿lloraremos envueltos en los tejidos que contribuyeron a su muerte? ¿Nos aferraremos a una imagen con manchas desvanecidas de un guepardo o pétalos marchitos de una magnolia, hasta que también desaparezcan?
¿Cuánto tiempo pasará antes de que notemos que esas prendas ya no se sienten como moda, sino como el recuerdo de un hogar al que ya no podemos regresar?
Perfil del Autor
Diya Thennarasu
Diya ganó el concurso Write the World’s Environmental Writing Competition en el año 2025.
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