La calidad es un problema ambiental

Patagonia / 9 min de lectura / Nuestra Huella

El sistema de puntuación ambiental de Patagonia está diseñado con nuestra huella ecológica en mente. Aquí explicamos por qué.

Nuestros primeros sacos de dormir, que lanzamos en 2017, son el resultado de 45 años de desarrollo. Hechos con pluma virgen certificada por el Global Traceable Down Standard, y fabricados para durar toda una generación, pensamos que serían el epítome de la calidad y el buen diseño. Pero luego llegó uno por garantía para la reparación del cierre y nuestro equipo de reparaciones se dio cuenta de que no había forma de reemplazar el cierre sin perder algo de pluma del relleno. Si bien el producto era un éxito rotundo desde el punto de vista del desempeño, fallaba en nuestro estándar de reparabilidad. Volvimos al tablero de dibujo y cambiamos el diseño del cierre para que pudiera sacarse/repararse sin abrir los canales que contienen la pluma.

Patagonia comenzó fabricando equipo de escalada y ha estado en el negocio de hacer ropa y equipo por 48 años. Mientras nuestro compromiso con la calidad ha permanecido inquebrantable—y siempre evolucionando—hemos visto enormes cambios en la industria del vestuario y los textiles a nivel global, principalmente impulsados por economías de escala donde los costos promedio disminuyen a medida que los productos aumentan.

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Val Franco, gerenta de confección, trabaja cosiendo una complicada cinta de cuero curva en la mochila Ultima Thule de Chouinard Equipment, allá en 1973. Foto: Gary Regester

Por ejemplo, el precio de la ropa ha caído en más de la mitad a lo largo de los últimos 20 años. Al mismo tiempo, el valor percibido de la ropa también ha caído, lo que afecta directamente a cuánto tiempo se mantiene en uso. El norteamericano promedio botará 36,7 kilos de ropa solo este año. Esto contribuye a las 12 millones de toneladas de textiles (ropa, alfombras, calzado, productos de cuero, ect.) que terminan en un vertedero anualmente.

La ropa y el equipo desechables—junto a los artículos electrónicos, los empaques, etc.—no se fabrican con la calidad en mente, por lo que hay una correlación directa entre la calidad de un producto y por cuánto tiempo las personas se quedarán con él. Y nosotros creemos que es nuestra responsabilidad, como fabricantes de ropa y equipo, el ayudar a compensar el daño al medioambiente causado por la mentalidad de lo desechable.

A lo largo de los años la palabra “calidad” prácticamente ha perdido su sentido por el abuso que se ha hecho de ella, especialmente por el marketing y la publicidad. En Patagonia, hacemos que esta palabra sea objetiva y medible. Hace una generación no había libros que nos enseñaran a hacer ropa de calidad. Esto significó que tuviéramos que inventar y estar de acuerdo en cómo definimos la calidad y cómo aplicamos ese criterio al vestuario.

Yvon Chouinard escribió sobre la conexión directa entre la calidad de los productos y el impacto ambiental en la primera edición de Que mi gente vaya a hacer surf, donde se incluía esta cita de Gränsfors Bruk, una compañía sueca que ha forjado hachas, a mano, por más de 100 años:

“Un producto de buena calidad, en las manos de quienes han aprendido a usarlo y cómo cuidarlo, es muy probable que sea más durable… una mayor durabilidad significa que tomamos menos (un menor consumo de materiales y energía), que necesitamos producir menos (lo que nos da más tiempo para hacer otras cosas que nos resultan importantes y que disfrutamos), y destruimos menos (menos desechos)”.

Si consideras la cantidad de recursos de materias primas que están involucrados en la producción de una prenda nueva, así como el impacto ambiental (emisiones de carbono, uso de energía y agua, extracción de recursos naturales), resulta sensato aferrarnos a nuestra ropa y equipo por tanto tiempo como podamos o incluso más, al heredarlo a la próxima generación. Esto no es una idea nueva, pero sí una que ha sido ampliamente olvidada.

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Los peces están a salvo, por el momento. Kimi Werner se remoja en un hot tub bajo el sol, en algún lugar de Japón. Foto: Tim Davis

¿Qué tiene que hacer un bikini?

Cuando aún hacíamos solo equipo de escalada, la calidad era una consideración primordial porque los escaladores confiaban su vida a nuestro equipo. Pero cuando comenzamos a confeccionar ropa nos enfrentamos a consideraciones de usabilidad que iban más allá que solo forjar pitones. Entonces incorporamos un enfoque de diseño industrial e ingeniería. Este es el motivo por el que nuestros primeros shorts eran tan duros que podían soportar el granito pero también pararse por sí solos, y estábamos probando en terreno materiales que no estaban probados, como el polar de poliéster sobre las paredes escarchadas de Escocia y las camisetas de algodón que se usaban para el rugby en las grandes paredes de Yosemite.

Aplicamos los mismos principios y preguntas que se aplican en el diseño industrial: ¿es útil, agradable estéticamente y duradero? Por ejemplo, si diseñamos un bikini, comenzamos con las mismas preguntas que si estuviéramos haciendo una chaqueta para escalada alpina. ¿Qué tiene que hacer un bikini? (Quedarse en su lugar). Pero luego, cómo hacemos que también sea durable, agradable estéticamente y que no pase de moda?

Mientras más aprendíamos sobre fabricación de vestuario, más teníamos que ir resolviendo. Si bien desde un inicio promovíamos una ética ambiental en nuestra filosofía para la escalada, no fue sino hasta que le dimos una mirada más profunda a nuestra cadena de suministro del vestuario que nos dimos cuenta de que “no causar un impacto innecesario” también se aplicaba a cómo estaba hecha nuestra ropa. Necesitábamos crear un sistema de puntuación para que todos estuvieran en la misma página a medida que la empresa crecía, y tenía que incluir una mayor reducción del impacto ambiental de nuestras prendas.

En 2005, diseñamos una pauta informal con los atributos de lo que “calidad” significa para nosotros (basada en nuestra Filosofía de Diseño). Nuestra primer y más formal tabla de evaluación se implementó en 2015. Era similar a un algoritmo, un conjunto de reglas que resuelven el planteamiento de un problema. El resultado deseado no se basó en la rentabilidad; se basó en diseñar una medición objetiva de la calidad. Si bien la metodología se ha vuelto más refinada a lo largo de los años (recientemente agregamos “reparable” a la puntuación), los criterios de la tabla no han cambiado mucho desde entonces.

Comenzamos con la puntuación máxima, un “10”, y deducimos puntos cuando un producto se queda corto en cualquiera de las categorías. Hoy en día el listado de puntuación se ve así:

  1. ¿Es funcional?
  2. ¿Es multifuncional?
  3. ¿Es durable?
  4. ¿Causa algún impacto innecesariamente?
  5. ¿Es reparable?
  6. ¿Es estéticamente atractivo?
  7. ¿Tiene buen calce?
  8. ¿Es de cuidado fácil?
  9. ¿Es relevante a nivel global?
  10. ¿El producto y la línea son simples?

Medir la calidad y el impacto ambiental de cada producto es un esfuerzo de varios equipos. Una de las paradas dentro del proceso es en nuestro departamento de Innovación y Desarrollo de Materiales (MID por su sigla en inglés) compuesto por 30 personas. Steph Karba es investigadora ambiental de nuestro equipo de Responsabilidad del Producto, que opera dentro del MID, una de los varios empleados que tienen la tarea de medir y gestionar el impacto ambiental de nuestros productos.

Karba analiza tres componentes clave para determinar el área que le toca puntuar (# 4: “sin impacto innecesario”): la intensidad de carbono de un producto, el porcentaje de “materiales preferidos” (por ejemplo, algodón orgánico o insumos reciclados) y la incorporación de innovaciones ambientales. Usa modelos computacionales para llegar a una puntuación objetiva.

“Hasta hace un par de años hacíamos toda la puntuación manualmente, por lo que solo teníamos capacidad de revisar productos nuevos y rediseñados”, dice Karba. “Ahora, con la modelación computacional, que incluye más ecuaciones y análisis, podemos evaluar el 100 por ciento de la línea y con mucha más objetividad que el sistema original de calificación del producto”.

Otros miembros del equipo analizan aspectos como la economía circular y el potencial de reciclaje, así como las oportunidades para utilizar materias primas cultivadas con prácticas Orgánicas Regenerativas que ayudan a secuestrar carbono en el suelo. Para la parte de la puntuación de intensidad de carbono, el equipo de responsabilidad del producto se basa en evaluaciones del ciclo de vida que han encargado a los investigadores, así como en herramientas de la Sustainable Apparel Coalition (SAC), la principal alianza de la industria de la confección para la producción sustentable.

Brett Vanderblock, científico de datos del equipo, cruza el análisis del ciclo de vida con los datos de las materias primas de manera que los diseñadores de productos, los desarrolladores de materiales y cualquier persona involucrada en el proceso de puntuación puedan acceder a ellos. Con la visualización de datos y la guía del equipo de Responsabilidad del Producto, los diseñadores de productos pueden ver de dónde proviene el impacto y cómo reducirlo para la próxima temporada, para así ir acercando cada producto a un “10”.

Hasta la fecha, el puntaje promedio de los productos Patagonia es 8,87, siendo el más alto un 9,64, obtenido por la Long-Sleeved Work Pocket T-Shirt para hombre, un diseño sencillo con certificación Fair Trade™, hecho con una mezcla de cáñamo industrial y algodón orgánico. El producto con peor puntaje tiene un 7,19. Los productos con puntajes más bajos generalmente no tienen un buen ranking en la categoría “sin impacto innecesario”, son demasiado complicados y/o imposibles de reparar. Cualquier producto debajo de un 8 en la tabla de puntaje se descarta o se aplaza hasta una nueva temporada en que pueda mejorar.

“Nos hemos centrado en la calidad desde el principio y no es algo de lo que nos vayamos a alejar.”

Una de las cosas que no ha cambiado desde los orígenes de la compañía es el testeo de calidad en terreno. La durabilidad y funcionalidad/multifuncionalidad se relacionan directamente con cuánto tiempo el producto se mantendrá en uso. Si bien el programa de testeo en terreno ha crecido en términos de escala y sofisticación, la idea de poner un producto en manos de alpinistas, surfistas y pescadores experimentados para obtener retroalimentación se ha mantenido igual desde que lo hicieron Yvon y sus amigos.

Walker Ferguson, quien administra los testeos en terreno, ha trabajado con un grupo de atletas de todo el mundo por cerca de 10 años. Y antes que él fue su padre, Duncan, quien dirigió el programa durante 25 años.

“Es bastante obvio que la calidad es un problema medioambiental”, dice Ferguson. “Nos hemos centrado en la calidad desde el principio y no es algo de lo que nos vayamos a alejar”.

Si bien existen parámetros para los evaluadores, como un enfoque en la comodidad, la durabilidad y el gusto personal, Ferguson no limita el tipo de comentarios a considerar. Eso frustraría el propósito de descubrir y capturar ideas nuevas e inesperadas, así como de obtener una visión más holística. Los resultados del testeo se obtienen a mano y se recopilan y almacenan en una base de datos a la que pueden acceder los diseñadores de productos. Estos son datos críticos imposibles de recopilar de otra manera.

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Clare Gallagher y Luke Nelson toman nota luego de haber probado prototipos del High Endurance Kit, un kit de trail running para largas misiones alpinas, en las Dolomitas. Foto: Eliza Earle

Y para que todo calce…

Con tantas entradas de datos y opiniones relacionadas con el puntaje, provenientes del diseño, la investigación y los testeos—y todo mientras aún se desarrolla un producto—¿cómo se gestiona todo esto? Ahí es donde entra Annika Washburn, nuestra gerente de Visión y Estrategia de Calidad. Ella administra el proceso de calificación y captura los aportes mientras encausa el proceso hacia adelante.

Washburn también gestiona cómo las puntuaciones cambian y se generan mejoras. En 2016, se hizo evidente que era necesario agregar reparabilidad al sistema de puntuación. Luego, Yvon se dio cuenta de que algunos factores en la puntuación debían ponderar más, como la durabilidad, la funcionalidad/multifuncionalidad y el impacto ambiental. Estos tres ahora tienen una doble ponderación, por lo que si alguno de sus criterios no se cumple, no tiene sentido hacer el producto. Por ejemplo, si un producto es fácil de cuidar pero no funcional, ¿cuál es su propósito? Y si causa un daño innecesario pero es estéticamente agradable, no estamos cumpliendo la misión de nuestra empresa de salvar nuestro hogar, el planeta Tierra.

Washburn, además, recibe y administra los comentarios y los datos de los clientes después de que un producto sale al mundo: calificaciones de nuestro sitio web, datos de devoluciones, tasas de defectos, además de información y tendencias de nuestro departamento de reparaciones en Reno, el mayor servicio de reparación de equipamiento para deportes al aire libre en el país. Todos estos datos retroalimentan a los creadores del puntaje y los desarrolladores de productos para que puedan mejorar continuamente sus ideas, ya sea un producto que ya está en uso o una teoría no probada.

Si bien la tabla de puntaje de productos ha estado en uso durante cinco años, probablemente el principal indicador de que está funcionando para ayudar a mejorar la calidad es que el puntaje ahora está profundamente integrado en el pensamiento de la empresa en varios departamentos.

Ahora bien, no importa lo emocionados que estemos por un nuevo producto, es inevitable que alguien se pregunte: “Sí, pero ¿es un 10?”.

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Estamos en este negocio para salvar nuestro hogar, el planeta Tierra.

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